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1.11.03

Anda y dame que fume...



Una vez conocí a un tipo que se "rindió" antes de tiempo ante los cantos de sirena de la Marihuana. Más de quince personas permanecíamos confinados en una pequeña sala ? por un delito que no habíamos cometido. O al menos, es lo que se suele decir- donde reinaba la acracia. Una acracia que sólo se veía interrumpida cuando se manifestaba Avecilla, el personaje del que les estoy hablando. Podía pasarse horas y horas escribiendo en las paredes. Escribía versos y prosas algo desganadas, como si estuviera de vueltas de todo con tan sólo veintisiete años. Licenciado en periodismo, según cuentan, estuvo escribiendo para un respetable diario. Sus jefes le encargaban escribir sobre los perfiles de los diversos políticos que visitaban la ciudad. Escribía siguiendo los cánones de estilo que le enseñaron en la universidad. Callaba cuando tenía que callar, era cruel cuando tenía que serlo. En resumidas cuentas, era un buen periodista. Nadie sabe a ciencia cierta que fue lo que pasó, pero un buen día mandó a la mierda a todo y a todos, y se rindió a la más pura anarquía. Era por eso por lo que se encontraba confinado en aquella sala, por su indisciplina, por no rendir cuentas con nadie.

Aquellas eternas horas las pasaba aferrado a una pequeña libreta negra en la que me distraía escribiendo y garabateando dibujos imposibles. Avecilla reparó en que dejé por un momento mi libreta en el suelo. Se acercó a mi y me dijo si podía escribir algo en mi libreta. Yo asentí con la cabeza mientras la recogía del suelo, pensando en que podía escribir en ella. Se sentó en la otra punta de la sala, apoyando la libreta en una de sus rodillas para escribir.

El olor a porro* inundaba la sala, casi se podía masticar, convirtiéndose así en un hervidero de alucinaciones de los allí presentes, sumado a un puñado de risas desencajadas y miradas perdidas. El que tenía enfrente de mi, aquel que decidió echar una siesta en el frío suelo, se había convertido en un enorme atún de unos quinientos kilos. Todos nos acercamos incrédulos a ver de cerca aquel atún. Unos cuantos de nosotros lo tocamos confirmando que estaba duro como una piedra, y frío, muy frío, estaba congelado. Un par de ellos lo cogieron por la cola y lo arrastraron comprobando la facilidad con que este se deslizaba. Machado gritó a nuestro carcelero que abriera la puerta, que no podían perder tiempo. El carcelero abrió la puerta quedando atónito por espectáculo que estaba presenciando. Varios de los allí presentes se habían subido encima del atún como si estuvieran esperando saliera disparado de allí su nuevo amigo. Machado le explicó al carcelero que no debían perder tiempo, debían de levar a su amigo el atún al mar antes de que se descongelara. El carcelero no podía articular palabra, no opuso resistencia a la extraña misión que nos había sido encomendada. Salimos por la puerta empujando a nuestro amigo el atún, dejando allí a Avecilla y al resto de los recluidos. Machado iba unos metros por delante de nosotros avisando a las autoridades allí presentes y demás personal de que necesitábamos espacio para poder desplazar a nuestro -salvoconducto- amigo. Una vez atravesados los larguísimos pasillos de aquel edificio, nos encontramos con una barrera arquitectónica difícil de superar, la tremenda escalinata que había desde el edificio hasta la calle. Machado reaccionó al momento.

- ¡No debemos perder tiempo!. No nos quedará más remedio que lanzarlo escaleras abajo.
- ¿Pero y luego qué?, ¿como lograremos pararlo?. - Preguntó Ernesto.
- No me habéis entendido bien... quiero decir que tenemos que lanzarlo, ¡pero subidos todos a él!.
- ¡Pero eso sigue sin responder a la pregunta que ha hecho Ernesto!. - Masculló Aguirre.
- ¡No hay tiempo que perder!. ¡Dentro de poco reaccionaran nuestros carceleros y vendrán en nuestra busca!. No podremos frenar pero si desplazarnos de un lado a otro inclinando nuestros cuerpos. Entonces cuando consigamos llegar al puerto saltaremos del atún como mejor podamos. ¿Entendido?.

Todos lo entendimos, pero a nadie le convencía la idea del viaje kamikaze. Empujamos nuestro atún con Machado al frente de nuestro frío medio de locomoción. Salimos disparados escaleras abajo. Nos agarrábamos a las aletas como podíamos mientras que obedecíamos a la voz de Machado sus indicaciones. - ¡¡Todos a la izquierda!!.- Y nosotros nos inclinábamos hacía la izquierda. - ¡Hacía la derecha!, ¡hacía la derecha!.- Y nos inclinábamos hacía la derecha. Esquivábamos coches, motos...todo obstáculo que se nos ponía de por medio. Con lo que no contó Machado fue que por una de las calles que nos metimos unos metros más abajo se hallaba un mercadillo del que arrasamos varios de los tenderetes adquiriendo así unas blusas que nunca nos pondríamos y unas braguitas con unos ribetes de lo más ideales...Una vez nos hubimos desembarazado de aquellos atuendos, nos percatamos de que Ernesto se nos había quedado en tierra. Seguramente se dejó ir atraído por aquella churrera que se estaba comiendo un churro libidinosamente mientras observaba como arrasábamos -literalmente- con nuestra entrada al mercadillo.

Aguirre cogió el mando de las aletas mientras yo permanecía atrás de todo, casi en la cola de nuestro frío amigo. Machado advirtió la presencia de unas obras y sobre todo de una gran lámina de hierro que se nos convertiría en un improvisado trampolín. No pudimos hacer nada por esquivarlo, cada vez íbamos a más velocidad. El salto fue tremendo, un cosquilleo nos entró a los tres por el cuerpo mientras sobrevolábamos una de las zanjas. Mientras sentíamos ese cosquilleo nos temíamos lo peor. Aguirre se soltó de nuestro pez volador cayendo en la blanda tierra que habían sustraído para hacer la zanja. El enorme cazo de una de las máquinas lo devoró como si se tratase de un Tiranosaurius Rex.

Machado y yo preferimos no saber más, miramos hacía adelante cogiendo ahora yo las aletas. Nos estábamos acercando al fin de nuestro viaje. Podíamos vislumbrar las gigantescas siluetas de las grúas del puerto. Machado me recordó lo que acordamos en las escalinatas. Justo antes de que nos precipitásemos por el muelle, saltaríamos.

Ya en el puerto, vimos como la gente se apartaba de nuestro camino, a la vez que oíamos detrás nuestra las sirenas de la policía. A pocos metros del muelle, Machado saltó del pezmóvil cayendo en una de las numerosas redes que se amontonaban por allí. Yo giré la cabeza viendo que estaba a salvo. Miré al frente me cogí fuertemente a las aletas, cerré lo ojos y, inexplicablemente, me precipité al agua junto al atún.

El zarandeo de Avecilla me despertó. - ¿Qué tal fue el viaje?- me preguntó. -¿El viaje?, ¿Qué viaje?-. Respondí mientras me desesperezaba.

- ¿A qué no tiene sentido?. Me preguntó.
- Pues no. Le respondí encogiéndome de hombros.
- Como la vida misma...toma, - me entregó mi libreta- te he garabateado cuatro cosas.
- Oye Avecilla, una pregunta.
- ¿Sí?.
- ¿Por qué lo mandastes todo a la mierda?.
- ¿Por qué no tendría que hacerlo?- sonrió- no te creas a pies juntillas todo lo que te cuenten. Sólo mandé a la mierda a los que creo que se lo merecían.

La noche había caído ya. A los pocos minutos se abrió la puerta y nos dejaron ir. Salí de aquella sala con los huesos todavía entumecidos por el frío suelo pensando en las palabras de Avecilla. Tal vez no estaba tan loco como aparentaba.



Sonando de fondo: Poquito a poco- Estopa

* Esta vez le pedí a mi amiga Elena (pum) que me propusiese una plabra para escribir algo relacionado con la palabra en cuestión. La palabra elegida fue esa misma, "porro". Avecilla existe, la libreta negra también, al igual que los versos que escribió en ella aquella tarde.
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26.10.03

La flauta del afilador


Ayer me levanté temprano para ir al centro, tenía que hacer unas compras. Iluso de mi, se me ocurrió coger el coche para plantarme en el centro de mi ciudad. Al poco tiempo de plantarme en el centro me di cuenta de que me resultaba imposible aparcar el coche. Cuatro paseíllos por el casco antiguo de Mataró- mi ciudad- fueron los que hicieron falta para me convenciera de que lo mejor era dejar el coche en un lugar algo más apartado, me resultaría mucho más fácil. De camino hacía el centro, a unos doscientos metros de la iglesia de Santa María, descubrí unas calles por las que no había pasado nunca hasta entonces, calles con vida propia, donde colgaban de los balcones de las casas enredaderas y se asomaban los geranios con timidez, tenían un cierto encanto. Locales como el del zapatero de toda la vida se dejaban entrever por entre los grandes portones de aquellas casas antiguas. Señoras de avanzada edad paseaban cogidas del brazo, andando a pasitos cortos. Gente andando de un lado para otro ataviados con su confortables abrigos, niños jugando en lo portales de las casas...cuando de pronto, escuché el sonido de una flauta, un sonido muy familiar para mi.

Se trataba de la flauta del afilador, un oficio que creía ya extinguido en Mataró. Recuerdo que años atrás la flauta del afilador me despertaba de buena mañana con su subidas y bajadas de notas musicales. Al rato divisé la figura de un señor mayor montado en su moto, su pequeño taller rodante. En la parte trasera de la moto ubicaba su rueda de amolar y sus cajoncitos correspondientes donde guardaba sus herramientas. Aquel hombre avanzaba unos diez metros con su moto para luego parar y tocar de nuevo su flauta.

La flauta del afilador es uno de los sonidos más característicos de mi infancia y seguramente de la infancia de muchos. Pregones como el del afilador se van perdiendo poco a poco con el paso del los años. Actuaciones como el equilibrismo de la cabra en lo alto de un taburete, acompañada por las notas de una trompeta desafinada, hace tiempo que se dejaron de ver por mi barrio. Vendedores de colchones ambulantes, vendedores de melones y sandías que despertaban al vecindario de buena mañana con sus megáfonos. Recuerdo que las vecinas tardaban en salir de sus casas, temerosas de ser las primeras en acercarse a un puesto ambulante. Esperando a que se acercara alguien antes que ellas a la furgoneta.

Es curioso como pregones, sonidos, olores... detalles como estos te teletransportan por arte de magia al pasado. Unos simples cacahuetes me recuerdan a los cacahuetes que comía en casa de mi tíos - bueno, en realidad no son mi tíos, son los de mi padre, pero siempre los llamamos mis hermanos y yo como si fueran nuestros tíos- me gustaba pelar la cáscara de los cacahuetes. Digo yo que la razón de que mis tíos me pusieran un platito de cacahuetes cada vez que íbamos a visitarlos, sería por lo mono que era...

Un nombre es también un avivador de recuerdos. Uno tiende a asociar la imagen de la primera persona a la que conoció con tal o cual nombre, condicionando así para bien o para mal aquel nombre. El nombre de Silvia por ejemplo me recuerda a una vecina despampanante que se paseaba por el parque haciendo babear a todos los niñatos- incluido yo- . El de José Luis me recuerda a un amigo que tenía serios problemas para pronunciar la erre . El de Elena me recuerda inevitablemente a cierta persona que adora a Steve Vai ...

Sin ir más lejos, el olor a porro me tele transporta - y no precisamente por su estimulantes efectos- a un tiempo en el que mi nombre pasó a un segundo plano cobrando así protagonismo mi segundo apellido.

Pregones, olores, nombres, cacahuetes, canciones... todo para mi tiene un antes, una primera vez, un instante en el recuerdo. Hace tiempo que dejaron de sonar por mi barrio las notas de la flauta del afilador. Notas de la escala arriba, notas de la escala abajo. Será por eso que los cuchillos de mi casa cortan menos que los de antes.


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